Había otra vez otra mujer cuya vida era jugar al ajedrez.
Nadie sabía quién le enseñó, pero jugaba como un sabio, inquebrantable, sin fisuras de impaciencia ni pasión. Era, además, una mujer poderosa. Dueña y soberana de valles, de ovejas y canarios, mil eunucos la seguían. Muchachas dulcísimas tocaban el laúd para ella. Viejas de cien años la aconsejaban. Hombres noctámbulos, hombres madrugadores, delicados artistas y venerables ancianos la frecuentaban. Los más consagrados atletas, los más héroes, los ingenieros, los estrategas, todos llegaban a su puerta, pues su belleza era tan alta como su inteligencia. Todos querían poseerla y soñaban dolorosamente con ella; todos, duros combatientes y lánguidos poetas. Pero esta hermosa reina no entregaba a nadie sus favores. Sus ojos repartían entre todos la misma tajada de indulgencia.
Era tanta la súplica que despertaba su amor, que decidió publicar un bando conciliatorio, jurando por todos los dioses que se entregaría en cuerpo y alma a quien fuera capaz de vencerla en el ajedrez. La condición hizo felices a todos. El ajedrez es justo y equitativo como la muerte. A todos nos toca perder, a todos nos toca morir.
No demoró en saltar a la palestra uno de los más viejos y avezados conocedores del juego, que había escrito varios tratados de matemáticas y astronomía, y que se moría de aburrimiento, pues el único misterio que le faltaba por descifrar era el de la muerte, y para descifrarlo debía esperar a morir, algo que lo irritaba, pues no le sería posible regresar para contar qué descifró. El reto de la poderosa mujer lo alentó. No se sentía atraído por la belleza implacable de la jugadora; era tan sabio que ponderaba entusiasta la decrepitud de los cuerpos; pero desde ningún punto ponía en duda el afilado cuchillo de su inteligencia; de ahí que lo aguijoneara la miel del triunfo, que dicen que es tan buena para el reuma. Sabía, por terceros, de las dotes ajedrecísticas de su futura rival, pero eso no lo preocupaba. Conocía al dedillo las diversas clases de mates, los vulgares y puros, era un estudioso de las posiciones, resolvía problemas sin solución, y concedía tanta importancia a los peones como a la dama; ninguna estrategia escapaba a su erudición, y uno de sus mayores logros era el de haber empatado en el año de gracia de 1621 por tres veces consecutivas con el más afamado jugador de la época: Greco el Calabrés, autor de un enjundioso tratado sobre el ajedrez.

Con Greco el Calabrés nuestro sabio aprendió que una de las más peligrosas estrategias era concentrar mucha fuerza contra el rey adversario, en el menor tiempo posible, siguiendo toda suerte de métodos ingeniosos. Eran estos métodos los que emplearía el primer rival de la reina, al que solo afanaba el éxito; no la belleza, ni siquiera las riquezas; quería únicamente ver entristecerse por su causa el caprichoso rostro de la contendora, para que entendiera de una vez y para siempre que el ajedrez no es solo un juego de invierno, en el que puedan cifrarse las riquezas de una mujer y la caricia de sus labios, sino una ciencia.
De modo que se sentó, apacible y seguro de sí mismo, casi orgulloso, ante el tablero de mármol, y fue derrotado sin misericordia en solo diecisiete jugadas. Alegó, confundido, en el espectral silencio que siguió a su derrota, que su bella rival había tenido la ventaja de jugar con las piezas blancas, que son siempre las que inician la partida y llevan por eso un tempo a su favor. Sin dudarlo, la soberana ordenó que se iniciara el segundo juego, dirigiendo ella las piezas negras, y el venerable sabio fue vencido en el tiempo que demoró la hermosa en devorar un racimo de uvas. Por cada uva que comía realizaba una imprevisible jugada que puso los pelos de punta a su rival, los pocos pelos que tenía. Se vio maniatado por los peones, furiosamente pateado por los caballos, enredado, asediado por los alfiles, un mísero peón lo asustó una vez, una torre le hizo zancadilla, y luego, al final, otro intempestivo y hábil peón lo atravesó de parte a parte con malicioso ingenio. El derrotado sabio se sintió un faisán sin plumas en las manos de la más hábil cocinera real. Se incorporó, blanco y pétreo como un témpano, y al retirarse del campo de batalla fue ofendido por una carcajada universal que lo escoltó con sus ecos por el camino de regreso hasta su casa y lo hizo morir al tercer día, en la soledad de sus pergaminos, buscando encontrar la causa por la que la reina lo había derrotado. «Nadie la vencerá» fueron sus últimas palabras, y descansó sin paz, lamentando que su amigo Greco el Calabrés ya hubiera desaparecido del mundo y no pudiera retornar desde la muerte para vengar su ignominia.
Semejante acontecimiento puso a los hombres a cavilar en lo que pretendían. Se dedicaron concienzudos a jugar al ajedrez, con la ilusión de disfrutar un día de la majestuosa compañía de la reina, de sus gatos y canarios y riquezas. Los mismos pretendientes se instruían enfrentándose, ponderándose miserablemente en torneos internacionales, protagonizando escenas patéticas, de pataletas y rabietas y hasta duelos. Dos grandes pueblos se enfrentaron por esta causa, trasladando las muertes y celadas del ajedrez al duro tablero de la vida, el otro ajedrez humano, marcial, torpe y sanguinario, y se arrepintieron para siempre, porque si para algo se inventó el ajedrez fue para ignorar la guerra, convirtiéndola en un plácido y profundo juego de inteligencia, y no para segar la vida de los cándidos soldados. En fin, todos los pretendientes, los enamorados, los ambiciosos, los aventureros, escépticos o altruistas o desarraigados, truhanes y tahúres o sencillos fanáticos, estudiaban ajedrez al derecho y al revés, noche y día. Y, sin embargo, iban cayendo derrotados, uno tras de otro, como las horas, ante el poder insoslayable de la soberana.
Sus delicadas manos se abanicaban sobre el tablero como águilas reconociendo un cielo de palomas; sus lánguidos ojos no reflejaban mayor inquietud, ninguna tormenta removía sus pestañas o fruncía los aros dorados de sus cejas; sus labios hacían pensar en las uvas que su lengua lamía; después trituraba esas uvas como si se tratara del pulverizado rival, que desde antes de sentarse al tablero ya padecía en la mitad de su ser, pues la belleza de la reina era también un jaque mortal al corazón del hombre/sin derecho a réplica ni retirada.
De inmediato se notó que los caballos eran de su predilección. Sus dedos largos y rosados acudían invariablemente a los equinos, los azuzaban con destreza, los acariciaban en la crin, en el lomo y las orejas, los felicitaban. Cuando le daba por cabalgar solía poner en aprietos a sus rivales, los asfixiaba con toda clase de trampas, los hacía caer. Eran tretas veloces que saltaban muros, que coceaban furiosas —los ojos encendidos en llamas—, que piafaban, que relinchaban triunfales y despedazaban a patadas los pensativos cráneos de los pretendientes.
En otras ocasiones la bella solía proponerse mantener con vida un solo peón, defendiéndolo a capa y espada, acercándolo peligroso a la coronación, mientras lograba el mayor número de cambios, empezando por el de las damas; mataba y se dejaba matar, y cuando su táctica de sangre ya estaba redondeada, su peón sobreviviente, su protegido, coronaba la cima del campo enemigo y cedía su vida a cambio de la resurrección de la dama, y entonces esta regresaba vengativa al tablero, frenética, veloz, y el rival palidecía, y era presa de espanto y escalofríos, de fiebre de irritación, el fracaso total, pues ya estaba liquidado, era un déficit humano, un descalabro. Muchos jóvenes que pasaban de sagaces odiseos escudriñaron en sus pormenores el curioso y en apariencia ingenuo recurso de la jugadora, pero de nada les sirvió. Ella mataba a diestra y siniestra, mataba y se dejaba matar, y luego su peón consentido coronaba y la dama resucitaba y era el fin, era Troya, estabas muerto, romántico cadáver sentado a una mesa de mármol; muerto, y no solo en el tablero, pues la magnífica mujer había impuesto además la condición de que, una vez derrotados, los pretendientes cayeran nuevamente derrotados bajo el filo de los sables, por atrevidos, por petimetres, por malandrines, por considerarse capaces de vencerla.
Era una mujer buena, que no se solazaba con sus logros, y en modo alguno disfrutaba del terror. Pero tomó esta enérgica determinación al escuchar que los públicos del mundo consideraban que no era ella la que jugaba, sino un genio escondido. Esa duda la afrentó en el corazón y fue la causa de su ira. Así empezó: se aseguró que un genio de otro mundo, mordaz y pérfido, dictaba los movimientos de las piezas a la rosada orejita de la soberana. Eso se pensó exactamente, con desparpajo. Se especulaba que el genio, oculto en las sombras de mármol de la mesa de mármol, el sitio más próximo a las redondas rodillas de la reina —donde ningún rival vivo sobre la tierra podría tantear con las manos por puro y sencillo decoro—, o escondido en los pliegues profundos de sus vestiduras, un genio de ingenio y perfidia casi poéticos, durante el juego, dictaba los movimientos, siguiendo un alfabeto de besos y caricias. Un genio, un enano, o un gnomo, parapetado en la juntura de sus senos, riéndose del mundo. Ante semejante sospecha la soberana resopló indignada. Era una ofensa grave para ella, a quien jamás importó que fueran en realidad sus desesperados rivales los que recibieran consejos de juego igualmente desesperados que eran traídos por infatigables correos desde remotos países, mensajes en otro idioma, avisos en clave, analizados por expertos y vueltos a analizar por otros expertos que eran más expertos, consejos que no daban resultado, pues lo cierto es que la bella tenía en jaque al mundo entero. Los correos regresaban reventando caballos a sus países de origen, transportando la nueva ocurrencia de la jugadora, y el universo en redondo volvía a cavilar, y mientras tanto los desdichados rivales sentían que su razón era un ave alejándose cada vez más, y llegaban al paroxismo de asegurar que las piezas de mármol del ajedrez palpitaban vivas, que todas las piezas, blancas y negras, respiraban al unísono con la reina, de acuerdo con sus proyectos, que oían su voz y le contestaban, que incluso se oían los corazones de los caballos, que los peones sudaban, que los alfiles reían y los reyes se guiñaban los ojos entre sí. Ningún veedor puso atención a estos reclamos disparatados; se prefería volver a la tesis primaria, más científica, menos obsoleta: alguien escondido jugaba por la reina.
Para eludir el chispero que armaban los suspicaces la soberana, al principio, se encogió de hombros. Había sido muy paciente y no replicaba a matemáticos ni astrónomos, y sobre todo a los filósofos, que son más asnos que necios. Se paseaba con altivez mientras su rival meditaba postrado, a veces de rodillas, pero siempre convencido —al final, con la derrota— que había la perfidia de una trampa en todo ese tormento, un gnomo oculto en los vestidos de la reina, un genio, un enano o lo que fuera.
De modo que un día la reina jugó desnuda, para enfrentar la duda.
Jugó desnuda, a pleno sol, con peligro de que el mundo entero enloqueciera a los pies de su belleza de otro mundo. Y fue ese mismo día cuando exigió, como respuesta ante la duda del mundo, que el rival que no la venciera finalizara ajusticiado. Por bellaco. Por fanfarrón.
Se aceptó su imposición.
Lo cierto es que a todo el mundo le gustaba más mirarla desnuda que vestida, eso era claro. Parecía la diosa del ajedrez. La que inventó el juego. Y, para sorpresa de la misma reina, los contendores no disminuyeron; aumentaron; pero todos sufrieron la tortura pública de presentarse ante ella con las rodillas temblando. Porque la belleza de su desnudez era la misma Belleza desnuda. Tan pronto la tenían cerca olían que un delgado perfume de placentera muerte se apoderaba de sus ideas; intercambiaban con ella un saludo signado de cualquier manera por la curiosidad de los rivales cuando saben que uno de ellos se va a entregar o a morir; era como si la palparan en el aire y mostraran la derrota anticipada en los ojos, pero también la dicha del amor; de cualquier forma el rival —o el reo o el atrevido o el muerto de turno
— regodeaba su deseo en los ojos verdes de la reina, en sus rodillas y el enigma de su ombligo, en la línea de locura de sus muslos, en la negrura nivea de su sexo, hiriente y esporádico igual que la luz de una luciérnaga; entonces las coyunturas del reo parecían castañuelas y su corazón un tambor que rebotaba desacompasado, su cuerpo entero una orquesta de miedo y amor, porque así era de grande la alegría de esa belleza, parecida al terror.
Y, a pesar del horror, los pretendientes eran eternos. Hacían cola, aguardando su tumo; dormían con un ajedrez en sus lechos, con el sueño de vencerla, inmenso, intransferible, imposeíble, como ella.
Y el mundo empezó a quedar falto de hombres. Urgía la presencia de alguien que venciera a la reina y la desposara, con todo y sus riquezas y mascotas, para que acabara la lujuria, la ambición, el hambre horrible por su belleza de otro mundo. Tenía las piernas como dos lenguas de fuego, y sus senos eran breves y frescos, y hablaba de amor con los peces. Alguien debía derrotarla para que su encanto de bruja perdiera la magia y se reconvirtiera en reina común y corriente, sin tanta muerte a sus puertas, sin tanta locura. Pero nadie la superaba, y su belleza aumentaba al regarse la sangre de sus pretendientes. Nunca su semblante se conmovió con la súplica de sus derrotados. Ni poderes ni lisonjas pudieron con ella. A todos los ajustició; le eran indiferentes sus rostros, sus linajes y alcurnia, sus reclamos.
Hubo alguna esperanza cuando a su tablero se presentó otra mujer: altiva, corpulenta, de luto íntegro, el velo oscuro que cubría su rostro dejaba entrever una expresión decidida. Dijo ser viuda de uno de los bastardos que a última hora se consideraron ajedrecistas y cayeron descabezados. Su voz no denotaba resentimiento, o aflicción. Lo que la azuzaba parecía curiosidad. Exigió jugar al ajedrez, y acordó que, en caso de resultar vencedora, la autorizaran usar el sable en la nuca de la soberana.
La reina la venció en un pestañeo.
Pero no permitió que ningún sable la despojara de la vida. «Fue un asunto entre mujeres —dijo públicamente—. Y, además —añadió con admiración—, se presentó a mí sin que temblaran sus rodillas, y no lloró como su esposo ni rabió ni pataleó al verse vencida», y mandó que le concedieran uno de sus más bellos palacios de recreo, que descollaba por sus inmensas piscinas.
«Haga fiestas —le recomendó—, nade mucho y olvídese de su difunto».
La viuda siguió ese consejo al pie de la letra.
Y la esperanza de ver derrotada a la soberana por otra mujer quedó trunca para el mundo entero.
Muchos fueron los seres, exóticos y maravillosos, apáticos y alegres, brutos y rebrutos, que se presentaron. Entre tantos valientes son recordados Saulo del Monte, por su hermosura de niño, que sonrió cuando se vio muerto en el tablero, y sonrió mejor cuando los sables aparecieron; Ariosto, violinista afeminado, cuya angelical manera de caminar fue muy aplaudida al acercarse a recibir la muerte; Femio, escultor de aves, que sobresalió por sus imprecaciones obscenas cada vez que perdía una pieza, y por sus carcajadas ciclópeas cuando creía lograr una magnífica jugada; Holzmann de Holanda, porque salió corriendo después del tercer movimiento y tuvo que ser atrapado por su propia madre y obligado a sentarse y seguir el juego y resignarse a la
muerte con decoro; y se recuerda al príncipe de Éboli, que no quiso o no pudo siquiera concentrarse un segundo y se abalanzó brutal contra la reina, desperdigando las piezas de mármol, gimiendo de amor, pavorecido y enfurecido por poseerla, esgrimiendo insensato en lugar de su inteligencia la fuerza de sus dedos crispados como herramientas que no tuvieron tiempo suficiente para rozarla, pues cayó atravesado por los dardos que le arrojaron los vigilantes de la contienda —parecía tan sereno y sutil, tan indiferente—, y Aldo Eckermann, que murió de rabia al descubrirse perdido —moviera la pieza que moviera ya la negra trenza de la muerte lo tenía atado—, y mucho se recuerda al joven Félix de Moncayo, aprendiz de carpintero, que saludó con honda reverencia a la reina y luego de admirarla con minucioso entusiasmo le dijo estas aladas palabras: «Señora, yo quiero, con temor de herir sus sentimientos, ponerla en conocimiento de lo siguiente: no sé jugar al ajedrez. Vine solo a confirmar las noticias de su belleza. Saberla a usted desnuda frente a mí, solo usted desnuda y nada más, y disfrutar de su cercanía unos instantes, mirar sus ojos que me miran, saborear su boca que me sonríe, es motivo de total felicidad, un sueño realizado. Puedo morir tranquilo». Eso dijo, y ella dijo «sea» y él murió, como los árboles, sin necesidad de sables, y sin quitar a la reina los ojos de encima. Parecía dormido, de pie, los ojos abiertos; lo sacudieron y cayó cuan largo era, llevándose en sus ojos para siempre los otros ojos verdes de la reina. A muchos entristeció que la soberana no alentara a vivir a este aparecido, que más que aprendiz de carpintero parecía un eterno enamorado. Y, sin embargo, así era el ajedrez de la reina; acerado y filoso como los sables. Así lo jugaba ella, desde que el mundo dudó.
Pero de entre todos estos pretendientes descolló por lo grotesca la joroba de un repugnante hombrecillo, maloliente y pérfido —pateó a dos niños para abrirse campo en el mercado, mató un guacamayo de un manotazo y se rio de la cara de un condenado—, ebrio, ruin, ladrón y dañador de flores, que anunció desdeñoso que era capaz de vencer a la reina en menos de lo que canta un gallo. Aseguró ser descendiente del inventor del ajedrez; contó que su pueblo estaba recluido entre cavernas; explicó, sin modificar para nada su gesto despectivo, que en su pueblo habían ultimado al ajedrez, agotando sus posibilidades, y que no les quedó otro remedio que lanzarse a buscar el amor, pues ya el ajedrez era un amigo muerto, un tiempo inútil, una flor sin raíz. Eso dijo, y sus palabras resultaron convincentes. Lo que disgustaba de él era su pésimo olor, su costumbre de babear mientras hablaba, su manía de arrojar escupitajos como insulto y mostrar indecente sus partes traseras a las ancianas. Era horrible oírlo, su acento chillaba, y horrible contemplarlo de lejos o de cerca —aunque de cerca era peor, su olor dolía—; su sombra daba frío, su mirada provocaba náuseas; tenía una cicatriz en la nariz y una oreja partida en tres; de su frente brotaba una especie de cola diminuta en forma de V victoriosa; su pelo era un manojo de puntas de acero y en lugar de corazón tenía hielo; cuando respiraba parecía sorberse el aire del mundo, la vida toda. Humberto Negro, se llamaba. Para defenderse, alegaba que nadie en su país conocía el amor, que era un sinamor, de modo que exigía se le disculpara que al mirar a la reina jugando desnuda se frotara la lengua como si dijera esta avecilla es mía y que su sexo chasqueara como un látigo y las aletas de su nariz se dilataran y la olfatearan y sus ojillos la penetraran de hambre de ella y la explotaran y engulleran.
Muchos malandrines, obispos, reyes y sabios hicieron coro con los propósitos del jorobado: lo aguijoneaban, intercedían por él. «Cómete esa reina de una dentellada», le decían, y peroraban a los cuatro vientos que la reina le temía. Pero la gran mayoría no deseaba que el engreído se saliera con la suya. El jorobado demostró que era un fuera de serie. Presentó sus dotes enfrentando a trescientos jugadores profesionales, en hilera. Los derrotó al tiempo, en rápidos, variados y geniales movimientos.
Se ganó su puesto ante el tablero de mármol y el mundo entero enmudeció y se acomodó.
Lo que ocurrió fue histórico. El jorobado no se tomaba un segundo para pensar sus jugadas. Su estrategia era una máquina de matar. La reina palidecía, sus dedos temblaban al elegir cada pieza. Había protegido su hermosa naricilla con un pañuelo empapado en perfume de nardos. El hombrecillo no paraba de soslayarla con sospechoso frenesí, de modo que por primera vez en su vida la soberana se sintió por fuerza una especie de perdiz horneada recién acabada de servir. A las veinticuatro jugadas, de manera rotunda, el jorobado logró con su caballo un perfecto y limpio jaque-doble: amenazó al rey y a la dama de su bella rival. Ella vio que no podía matar al deshonrante caballo; no le quedó más alternativa que ubicar al rey junto a su dama amenazada, permitir que esta cayera ultimada de una mortífera coz, y luego ajusticiar con su rey al caballo agresor; pero a cambio de un caballo había perdido su dama; había perdido, en términos universales, la mitad del juego.
El mundo entero se asombró.
Era como si la dama de mármol, acabada de fallecer, fuese la misma soberana, de carne y hueso, agonizante: se mordía los labios hasta la sangre; ninguno de sus pájaros cantores la recreaba.
Después el jorobado avanzó un alfil y se comió un caballo; se lo comió entero, de la cola hasta la crin, crudo, sin necesidad de cuchillo y tenedor; lo espatarró, lo quebró, lo desmembró y se lo tragó. Enseguida acabó con un peón, y otro más, y otro, y al final la despojó de su último caballo, lo enlazó en su campo, le hizo una abertura en el cuello y succionó su sangre y lo desinfló; la dejó sin caballos, a ella, amazona del ajedrez, sin sus caballos, sus consentidos, sus abanderados, sus amigos; nadie podía creerlo.
El público era un compacto gemido: la reina terminaría desposada para siempre con el inmundo forastero. Clamaban al cielo los seguidores de la reina. Se rasgaban las vestiduras. Se mesaban los cabellos. Algunos románticos murieron de melancolía. En grandes y pequeños países hubo duelo nacional: ondeaban las banderas a media asta. Los príncipes y los mendigos, los paladines y los poetas bebían a tragos el licor amargo de su envidia y mostraban al mundo sus lágrimas y desazón. Y debieron sufrir mucho tiempo; porque solo cuando todo parecía perdido la reina frunció el ceño, por primera vez. Su frente, amplia como una llanura, se transformó en montaña abrupta; puso la yema de sus dedos en las sienes y se dobló como un garfio feroz y sacrificó su inteligencia de hierro para lanzarse al abismo de su intuición de mujer; organizó su vida en el juego. Y más le valiera, ya era hora.
Se dedicó a meditar bajo esa brújula extraña de la intuición, sin importarle que mientras tanto el jorobado midiera sus muslos y sopesara sin ninguna discreción cada milímetro de su belleza acorralada. Eso sí, cosa rara, a todos se les antojó que el hombrecillo no parecía enamorado; todavía no daba con el amor. Era obvio que sus ojillos solo contemplaban un pato asado o, mejor, una blanquísima pata de patas rosadas, o una perdiz al vino. Pero los últimos cinco peones de la reina esgrimieron entre todos una posición insospechada, violenta y decidida. Se pudo constatar que el rey de la jugadora, en conjunción con los peones, las dos torres sobrevivientes y los alfiles resultaban tan peligrosos como si la misma dama viviera, o como si esta y los caballos cruelmente sacrificados los alentaran desde el otro mundo, clamando venganza. Era inaudito comprobar que de una posición tan defensiva —la espada y la pared— pasaran de súbito al más cruel ataque; recuperaron el juego, lo equilibraron y, con base en una estrategia divina, que ningún analista tuvo tiempo de memorizar —por lo divina—, todos los peones, defendiéndose entre sí, atacando en masa, casi suicidas, heroicos y épicos, dignos de Homero, pusieron a temblar la joroba del hombrecillo; sus dientes rechinaron y la cola de lagartija de su frente dejó de ser una V victoriosa y se convirtió en signo de interrogación; su corazón soltaba gotas de pestilente sudor. El jorobado recurrió durante seis días con sus noches a toda una gama de artimañas defensivas, pero los peones de la reina, defendidos por las torres, por su rey, forjaron un muro vivo, sin clemencia, un espinoso rosal perfumado que finalmente acorraló al jorobado y le dio el empujón de gracia y lo puso debajo del filo de los sables.
—Que le quiten la joroba —clamaron los públicos. El mundo entero se removió en su silla y parpadeó.
El jorobado fue digno. Se irguió como un gigante, pidió silencio con el desafío de sus ojos y dijo, con asombro sincero, con un gustillo amargo de plácida tristeza en la voz, dijo, observando implacable a la reina, pero ya sin definirla como un plato a la carta, sino más bien como si estuviera perdidamente enamorado de ella, como si por fin mediante ella hubiese encontrado el amor y se lo agradeciera para siempre, dijo, en el silencio grande y transparente:
—Muero con la seguridad de que eres de mi país. Por nadie más podría ser derrotado.
A muchos asombró que la reina replicara, sin altivez:
—Es posible. Sueño que soy de cavernas invisibles en la tierra. Tampoco yo conozco el amor.
Para congraciarse con el público, que clamaba venganza del hombrecillo
—su insolencia era intolerable, aguardaba la muerte y sin embargo eructaba y lanzaba pedos luciferinos y hacía gárgaras y aseguraba que el globo terráqueo era un globo de celofán en sus manos de loco, porque había descubierto el amor y ya nadie podría arrebatárselo—, los verdugos decidieron propinarle un ejemplar escarmiento; empezaron ajusticiando su joroba: se la volaron de un tajo y todos vieron que de ella brotaba una mancha aceitosa, de color azul. El mundo retrocedió espantado, pues al instante otra joroba más linda le volvió a crecer, como una flor. Y ya iban a ultimarlo, para evitar más ascos, cuando de pronto el hombrecillo pegó una carcajada y corrió tan rápido que nadie lo alcanzó.
Se fue a su país, a dar la buena nueva.
La reina se dio seis días de descanso. Y se pensó que ya no era posible vencerla; flotaba la desolación por todas partes: a fin de cuentas la reina había confesado que no conocía el amor. Y, sin embargo, la malicia indígena que seguía esgrimiendo en su juego era todo un poema de amor. Conquistaba el campo con sutileza, hacía guiños, preparaba una trampa y ejecutaba otra, se dejaba hacer, se hacía la muerta, o la desmayada, la derrotada, y entonces tú eras el muerto, los buitres más negros hacían círculos de plumas en tomo a tu corazón derrotado. Los pretendientes se desesperaban de morir. Asnos ariscos, sus chillidos de cerdo, horrorizados, se dejarían oír durante siglos, pues el eco de los gritos de los muertos sobrevive por siglos a los muertos.
El último de los pretendientes fue un muchacho vestido de blanco, que llevaba un gorrito negro en la cabeza y usaba sandalias de cuero. Por primera vez la reina se estremeció, pues los ojos del joven la hicieron pensar en todo, menos en el ajedrez. Aquello era novedoso para ella. Incluso pensó desesperada que le gustaría ser derrotada por el joven, no para que él viviera con ella y disfrutara de sus riquezas, sino para que sus ojos negros y melancólicos siguieran existiendo y ningún sable los apagara, o tal vez sí, para que la miraran a ella eternamente y tendieran un puente entre ella y la felicidad. Se avergonzó de sí misma. Enrojeció.
Con todo, el joven parecía ignorar o desdeñar estos buenos propósitos. Sus ademanes resultaban prepotentes; solía torcer los labios —despectivo como el jorobado— y se encogía de hombros, y de vez en cuando pronunciaba un «hum» tan cáustico que era como si pusiera en duda al mundo, menos a él.

Había demorado seis meses haciendo cola, al margen de los acontecimientos, sin intercambiar palabra con nadie. No se sabía cuál era su origen; solo que parecía demasiado reconcentrado en sí mismo, y que debía sufrir de hambre. Su vida era un horizonte idéntico: pues de veinticuatro años que tenía, diecinueve los pasó jugando al ajedrez, solo. Absolutamente solo. Aprendió solo, mirando a los borrachos ajedrecistas del club Los Apátridas, que apostaban botellas de vino. Nunca se apartó de su propio tablero, no vivió lejos de su mesa. Tardes, noches y mañanas las pasaba inclinado, jugando contra él mismo, derrotándose. No conocía el mar; tampoco el amor, lo que era igual de terrible. Jamás tuvo una aventura, y no disfrutó de una charla entre amigos o una puesta de sol. Era un jugador nato. Escribía a menudo sus conclusiones, sus interrogaciones, aciertos y desaciertos y desconciertos. Semejante trabajo, tan prolífico como intenso, le ocasionó un absurdo defecto: miraba en blanco y negro, como el color de las piezas del ajedrez. En ninguna parte jamás le reconocieron mérito alguno. A pesar de todo, tenía la secreta confianza de saberse distinto y superior al resto de jugadores. Las miserias de la vida, que con frecuencia tocaban a su puerta, lo obligaron a soñar con el oro de la soberana. De ese modo, si triunfaba, no tendría que preocuparse jamás, y no cedería su genio a las miserias, y moriría con la dignidad del solitario. Nadie vio en él nada distinto a muchos pretendientes. Pero tan pronto encabezó la fila deslumbró por su comienzo: se presentó como todos, es cierto, haciendo cola, pero con la única diferencia de que él también, al igual que la reina, se desnudó. Arrojó su gorro negro y su vestido blanco y tomó su puesto, desnudo, y en ningún momento pareció trastabillar ante la belleza desnuda de la soberana. Por el contrario, era ella quien ahora parecía derrotada de antemano, porque la belleza del muchacho era una fuerza telúrica que la inclinaba contra un césped dorado, un día de sol, y la ayudaba a ser feliz y despojarse de la costumbre y descansar del mundo para siempre. Pero él no se desnudó por amor, o por sacudir las cejas de los pontífices del ajedrez, no. Se desnudó por jugador. Estableció desde un principio la igualdad de condiciones.
El suspenso creció.
No faltó quien dijera reconocerlo. Se contó que muchas veces lo habían visto en la gran feria de Fráncfort, bailando alrededor de una botella. Que raptaba doncellas dormidas. Que tenía la cabeza llena de humo. Que sus amigos eran poetas y asesinos de la peor especie. Mentiras en definitiva que él no se preocupó en aclarar.
Para enmudecer los murmullos la reina fue al grano. «Iniciemos», dijo. Pero él le recordó que aún no se había elegido el color de las piezas. El mundo se ofendió por su falta de gentileza. La reina asintió impertérrita; ordenó a los jueces que el azar determinara el color de los ejércitos. Ella quedó con las blancas, él con las negras, y el juego empezó.
Fue una larga batalla. De tanto en tanto se oía el grito de la muchedumbre, admirado y profundo, sacudiendo las montañas de la Tierra. Los especialistas asentían con la cabeza. El muchacho no era ningún necio. Respecto a la reina, procuraba no mirarlo. Pero sufría su presencia, su indiferente virilidad que se abría paso por entre ella, que separaba sus labios con la fuerza irrebatible de la ternura y la colmaba de un misterio grande, tan cruel como feliz: ella se veía huyendo por un desierto de sábanas inmensas; el sol era una lámpara de cirios quemando su cabeza, ella se debatía en aquel desierto parecido a su cama y corría hasta él y se arrodillaba a sus pies y lo idolatraba, porque él entero era de agua; sus ojos como pozos irradiaban agua fresca y la llenaban. Las torres enemigas combatían, los caballos infatigables trazaban mortíferos sietes alrededor de sus cascos de fuego. La sangre de los alfiles fue la primera en bañar el tablero; siguieron después varios peones: yacían mirando al cielo, sus jóvenes gargantas abiertas, los ojos empañados, igual que si reflejaran otro cielo.
La reina se debatía. El joven se debatía. Ambos cantaban victoria y, de súbito, ambos hacían equilibrio en el filo de la derrota.
Por fin quedaron en tablas.
El mundo como un niño sonrió frente al empate insospechable, que nunca antes había ocurrido. Ambos reyes, en el tablero de mármol, finalizaron solos, cara a cara, mármol blanco, mármol negro, contemplándose ceñudos, los brazos cruzados, esfinges decepcionadas, acusadores, altos como dos majestades en un campo de trigo convertido en cementerio.
Habían sido diez días de dura contienda.
La reina se retiró sin pronunciar palabra. Le dolía admitir que su mente se encontraba menos agotada que su corazón. No pudo dormir. Ninguna de sus amigas logró sonsacarle un comentario. Poetas peregrinos anunciaron al mundo que los ojos de la soberana miraban tan tristes como un domingo de lluvia a solas.
Al día siguiente el joven volvió al palacio y ya la reina lo aguardaba frente al tablero: se había duchado tres veces en agua fría, aparte de beber una doble infusión de manzanilla y jurarse no mirar ni por broma los ojos de su rival.
La batalla fue ardua, rencorosa: se percibía quedos caballos odiaban, que los alfiles resultaban asesinos ponzoñosos y los peones burdos monstruos con la cabeza repleta de trampas desleales; las dos damas se mostraban caprichosas, indolentes, y de vez en cuando actuaban dominadas por la soberbia; los reyes eran perversos, dilapidaban el tesoro de sus pueblos en toda suerte de orgías, y si a veces no eran cobardes, eran brutales y grotescos; envenenaban a diestra y siniestra; por una extravagancia cualquiera sacrificaban pueblos enteros; peores que la peste, sus ministros, obispos y cortesanos volvían añicos la tierra, la desvestían y destrozaban con especial sevicia. Los reyes de la vida real, los pontífices, príncipes y princesas, todos ellos y el resto de ministros del mundo resplandecían en el alfabeto que cada pieza desplegaba sobre el tablero de mármol; sus intenciones y mañas quedaron desnudas, sus fechorías. El juego se transformó en espejo, y eso molestó a los políticos, sin duda; su incomodidad se manifestó en ligeros tosidos y discretos pataleos. Pero los jugadores no tuvieron oídos.
Quedaron en tablas.
Y así transcurrieron varias batallas, grandes y más grandes y mucho más grandes todavía, y cada una perfectamente distinta de la otra, y en todas ellas los rivales dieron muestras de genio ígneo; se repartían la victoria con mutuo dolor. Las más de las veces finalizaban los reyes a solas, ensombrecidos y trágicos, midiéndose con ira.
Por primera vez el muchacho pareció desconcertado. La reina, por supuesto, prefería no mirarlo. Y así se sucedió un año: más de doscientos enfrentamientos, penosos y sufridos como los días de un contador de historias. Guerras que aburrieron en definitiva a los analistas, por el empate eterno. El mundo dio muestras de abulia, aunque a todos constaba que la reina y su joven antagonista hacían lo posible por la victoria. Eso era palpable. Sufrían. Sufrían. Sufrían. Un día, sin falta, a la misma hora, el muchacho se presentó en palacio con la firme resolución de declararse vencido. No toleraba aquellos empates infinitos. A su entender, la reina poseía todas las armas para evitar la humillación última. Sus recursos eran insoslayables. Había resistido las mejores tretas; las argucias de la intuición, de la inteligencia, la estratagema invisible de la poesía —que en el ajedrez logra sus más altos registros—, nada la derrotaba. Y este joven alto y delgado, autor de varios libros inéditos, que miraba en blanco y negro y sufría de mal de hambre y hasta ese momento se había creído infalible, no lograba salir del estupor de su ineficacia; no soportaba no derrotar a la reina. Su única pasión estaba pues en entredicho: el ajedrez dejaba de estremecerlo como antes; era igual que si la vida perdiera toda esperanza. Morir sería cerrar una puerta.
Cuando se presentó ante los jueces, cuando ya se disponía a anunciar su retiro y permitir que los sables dieran mate a su cabeza, cuando ya casi elevaba su voz de vencido, vio que la reina, a diferencia de los anteriores encuentros, no lo esperaba sentada en su silla. Sencillamente no estaba. El muchacho intercambió unas palabras con los veedores. Seguramente, dijeron estos, la reina se ha demorado a causa de una de sus muchas preocupaciones: una jaqueca por una mala canción de canarios, por ejemplo; o un pésimo desayuno, puede ser; posiblemente nadie la saludó al despertar: eso la saca de quicio, la hace estirar la boca y patear al perro. Y enviaron un emisario. Y el emisario volvió, mudo: tenía lengua, es cierto, pero volvió mudo. La reina no aparecía. Su ausencia flotaba en el aire. Ninguna de sus amigas daba razón. Su presencia se había despresenciado. Sus perros no daban con el rastro. Sus gatos protestaban: nadie les dio comida esa mañana.
Atardeció.
El muchacho, que de pronto resultó tan astuto en la vida como en el ajedrez, proclamó sin que le temblara la voz que se consideraba vencedor absoluto del torneo, porque la reina no había acudido. El mundo se sacudió de su abulia. Un murmullo ciclópeo empujó las basuras de cada esquina y descuadernó varios volúmenes de poesía en la biblioteca.
—No pretendo a la reina —explicó el muchacho, intempestivamente abochornado—, solo una décima parte de su riqueza, que me permita comprar una casa y desentenderme para siempre del oficio de zapatero.
El mundo quiso reír, sin lograrlo. Semejante inocencia afligía.
Y ya iban los jueces a consultar entre sí cuando se presentó la reina, desnuda como una bendita hoja de árbol. Había escuchado las palabras del muchacho y estaba pálida de ira. «Imbécil», dijo, y no añadió ninguna palabra. Se fue a sentar frente al tablero.
El muchacho enrojeció por el insulto. De pronto consideró que deseaba también a la mujer. Deseaba tanto a esa mujer y, sin embargo, la odiaba.
Como un remordimiento los dos rivales se observaron unos segundos, y luego bajaron los ojos para no volverlos a levantar sino dieciocho horas después, con la reina acorralada en una esquina del inmenso tablero de mármol.
El rey blanco de la reina yacía a los pies de un peón negro, sabiamente escoltado por su rey. Eran las diez de la mañana. Habían jugado toda la noche, iluminados por antorchas. Ahora el sol entibiaba sus cuerpos, los bruñía. Por un instante se creyó que el ajedrez los había convertido en estatuas de mármol. Por tercos, dijo alguien. Pero no sucedió, a despecho de los mitos y leyendas.
Ambos jugadores volvieron a bajar los ojos, ruborizados. El público aguardaba, mudo.
Se oyó que una mosca se detenía en el aire.
La soberana inclinó la cabeza, como si pidiera ser decapitada, o admitiera con ese gesto que le segaran la cabeza, o que ella y sus riquezas ya tenían dueño, lo que era idéntico, pues desde siempre había sido una mujer de cabeza independiente, sin amo ni estado que la gobernara.
El mundo dejó de interrogarla para interrogar al muchacho.
Al igual que la reina, tenía la cabeza doblada ante el tablero, como si analizara su magistral juego y repitiera en su memoria cada paso de guerra, cada muerte, cada herida, cada artilugio, toda esa hecatombe de posiciones y enredos y avances y retrocesos que le permitieron por fin derrotar a la soberana. Pero cuando todos esperaban escuchar su grito de victoria, su réplica de triunfo dirigida al mundo entero, cuando todos lo imaginaban incorporándose feliz para abrazar su trofeo y compartir con el mundo su alegría, su posesión irrevocable, el joven levantó su rostro y mostró los ojos revueltos de odio y pena.
—No puedo aceptar —dijo. Y luego añadió:
—Ella sabe por qué.
Y, con amargura, señalando a la soberana:
—Se ha dejado ganar.
El mundo se incorporó de un salto, creyéndose burlado. La mosca en el aire reanudó su paseo.
—No importa —gritaron los públicos al joven—, tómala, tómala, insensato.
La reina aguardaba sin quitar los ojos del tablero. El muchacho se aproximó a ella. Hizo una pobre reverencia y dijo, absolutamente convencido:
—Ambos lo sabemos.
Y regresó por donde había venido, desnudo como una bendita hoja de cuaderno. Ningún sable quiso perseguirlo, por fortuna. La muchedumbre se dispersó afligida. Los analistas desaparecieron. Los reyes volvieron al otro tablero —más fácil— de la vida, rodeados de sus obispos y ministros y peones; en definitiva, ya era suficiente para todos; los pretendientes abandonaron su sueño; el mundo entero se apretó la cabeza: había que acordarse de comprar pan en la tienda.
De la reina muy poco se sabe. Parece que envejeció rápidamente, se dedicó a criar gansos y no volvió jamás a jugar al ajedrez.
ACERCA DEL AUTOR
Evelio Rosero (Bogotá, 1958). Escritor y periodista. Es una de las voces imprescindibles de la literatura colombiana actual. Autor de numerosas novelas, cuentos y obras para niños. Su libro más conocido, Los ejércitos (2006), ha recibido varios reconocimientos internacionales.